– La educación como un derecho individual y colectivo

Toda la comunidad se beneficia de la Educación de sus miembros, porque es el instrumento fundamental para construir comunidades más justas, más cohesionadas y participativas. Por eso, además de un derecho y una responsabilidad compartida, es un bien público.

No sólo es fundamental el acceso universal a una educación de calidad en todos los niveles, sino que ésta debe generar conciencia de ciudadanía global, de pertenencia a un solo mundo. Un mundo en el que todas las personas encuentren un lugar digno en el que disfrutar de sus derechos.

Tanto para las comunidades de aprendizaje como para las ONGD que realizan EpD, rescatar los conceptos de solidaridad, justicia y respeto e incluirlos en los planes educativos contribuirá a construir una escuela inclusiva, respondiendo a una concepción de la educación como servicio a la comunidad.

La enseñanza sostenida con fondos públicos es la única que puede garantizar la igualdad de oportunidades, la superación de las desigualdades de origen y el progreso individual y social de todos y todas.

El derecho individual y colectivo a la Educación debe estar cubierto por una escuela pública y gratuita de calidad que garantice la igualdad de oportunidades, en un sistema abierto y flexible que de espacio a distintas pedagogías. 

 

– La educación ni puede ni debe ser neutral

Ni las escuelas son lugares neutrales, ni las profesoras, ni los profesores pueden adoptar una postura neutral ya que  en la práctica la Educación nunca es neutra: o bien perpetúa el status quo de desigualdad e injusticia, bien o trabaja por la transformación social.

Tanto  las comunidades de aprendizaje como en EpD son el fruto de una larga tradición social y pedagógica que cree en el poder transformador de la Educación. En ese sentido no solamente plantea unos medios didácticos, sino, sobre todo, unos objetivos políticos del proceso educativo-socializador hacia el modelo de sociedad que queremos construir.

La transformación social es la convergencia entre cambios sociales y políticos, por lo que es necesario impulsar que estos incidan en las causas estructurales de la desigualdad y la exclusión. Uno de sus principales objetivos es que la ciudadanía asuma la consciencia de que sus acciones, también las personales y locales, tienen una repercusión en el ámbito global.

La responsabilidad de transformar la sociedad y el sistema es compartida por todas las personas, contando con todos los actores educativos, especialmente con el alumnado y las familias.

 

– Los agentes educativos son sujetos políticos

El profesorado juega un papel imprescindible y central en la promoción de un nuevo modelo educativo más transformador. Su trabajo cotidiano en clase constituye en sí mismo una acción política, ya que transforma las creencias, valores y acciones del alumnado. Se espera del profesorado un fuerte compromiso ético, que transcienda el ejercicio de la profesión en sí misma y lleve a reflexionar sobre la finalidad y el sentido de la Educación.

Lo que mueve y conmueve a los agentes educativos vinculados a comunidades de aprendizaje y a la EpD  es una intención emancipadora comprometida no sólo en la comprensión del mundo sino también en la puesta en práctica de ideales y valores para transformar las relaciones injustas.   

Por ese motivo, desde ambos sectores se reclama a los poderes públicos y a la sociedad el apoyo y colaboración necesarios para esta tarea y el reconocimiento hacia su labor. Es también una demanda compartida la de crear un marco que posibilite la estabilidad de las plantillas imprescindible para garantizar la continuidad de los proyectos, sin detrimento del derecho a la movilidad de los y las profesionales.  

 

– La persona como protagonista de su aprendizaje, su realidad y su historia

La escuela es un espacio privilegiado para generar nuevas pautas culturales: relaciones humanas basadas en el respeto y la dignidad, la diversidad de identidades, la equidad de género, una manera crítica de entender el mundo y transformarlo, una apuesta por el diálogo y la participación.

La capacidad de atender a los intereses y motivaciones que los y las estudiantes traen de fuera y vincularlas con los contenidos curriculares genera aprendizajes significativos y críticos a partir de su propia experiencia y posibilitan que alumnado y profesorado, aprendan a demoler estereotipos y destapar lo silenciado.

Desarrollar metodologías que asumen el conflicto como algo propio del proceso educativo, favorece el aprendizaje de la cooperación para proponer, proyectar, diseñar y actuar en común apoyados en la fuerza del grupo.

La docencia fundamentada en la interacción dialógica, en la que el conocimiento es un resultado del diálogo de saberes disponibles y de la reflexión significativa desde lo cercano, y no una mera imposición de conocimientos considerados a priori necesarios, promueve la autoevaluación y la evaluación entre iguales.

Así, el alumnado aprende a imaginar alternativas y desarrollar prácticas transformadoras y de alto valor ético-político,  avivando la voluntad de cambiar y mejorar las cosas.

En coherencia con una visión holística del proceso educativo, ambos sectores demandan una Educación centrada en el alumnado y sus circunstancias vitales, inclusiva y liderada por unos equipos docentes que tienen y desarrollan sensibilidad al contexto y las historias personales del alumnado. 

 

– Los centros educativos son actores que transforman su entorno

Una escuela abierta, que hace comunidad, ha de establecer sinergias y coordinaciones con otros referentes socioeducativos, como ayuntamientos o servicios públicos, otros centros educativos, las asociaciones del barrio, ONG y cualquier otra entidad o colectivo que tengan algo que aportar en la consolidación de la comunidad como espacio educativo. Del mismo modo, la escuela debe contribuir a la transformación y mejora de su entorno en alianza con todos esos movimientos sociales y culturales que están presentes en la comunidad.

Ambos sectores, promueven que los centros sean focos de transformación, una responsabilidad intrínsecamente asociada a su rol educativo dentro de la sociedad, compartida con otros muchos agentes. Los  centros deben tomar partido por la comunidad a la que pertenecen, dar respuesta a sus inquietudes y necesidades, alientar los procesos de cambio y dar voz a quienes han sido silenciados. En definitiva, que ser motor de la comunidad y jugando un papel  relevante en el entramado comunitario.

 

– La comunidad educativa como espacio de diversidad, equidad e inclusión

En la escuela conviven para un mismo propósito gran variedad de personas, con sus diferencias personales y de historias de vida, lo que la convierte en un espacio natural de riqueza social y cultural.

Las personas crecemos y nos educamos aprendiendo de todo lo que nos ofrecen los demás en continua interacción con personas que nos sorprenden. Por eso es tan importante que todo el mundo sienta confianza y reconocimiento y que tengan posibilidad de expresarse y ser escuchadas por las opiniones y voces silenciadas.

Para ambos sectores, las escuelas no solo son un refugio donde niñas y niños no sufran exclusión, sino que deben ser el lugar donde descubran, desde su propia dignidad personal,  la libertad para disfrutar de la diversidad y se sepan iguales al resto.  Las estrategias de inclusión son, en este sentido, estrategias de empoderamiento y promoción personal y colectivo.

 

– Construcción de centros educativos participativos y democráticos

Los centros escolares no sólo educan a través de los contenidos que transmiten, sino también a través de las prácticas de relación y toma de decisiones que entre todos los participantes producen. Una escuela democrática, abierta al entorno, con espacios de encuentro entre todos los actores educativos, amplía el repertorio de oportunidades para el ejercicio de la ciudadanía.

La organización de los centros también tiene una repercusión en la forma como las escuelas pueden generar canales de interrelación y trabajo en colaboración con otros agentes comunitarios. Especialmente importante es la implicación de las familias como aliadas en el proceso educativo, estableciendo canales de ayuda y cooperación, generando espacios y tiempos adecuados para todas.

La arquitectura ha de ser asimismo transformadora, contribuyendo a la flexibilización en la distribución y uso del espacio y del tiempo para potenciar los intercambios y el diálogo. Un espacio que invite a participar y aprender, que favorezca la creatividad, rompiendo las jerarquías clásicas.

Los centros, por tanto,  deben contar con estructuras y modelos de participación que garanticen la representación y el protagonismo de todos los actores en los espacios de discusión, reflexión y toma de decisiones.